
El Padre Pío sentía una inevitable y amorosa gratitud por María, Madre de todas las Gracias. Solíase verlo con el rosario siempre entre las manos, a toda hora, dedicado a meditar especialmente las escenas evangélicas frente a la imagen de la Inmaculada y muy seguidamente rezar bajo un peral que aún hoy se conserva y sigue dando frutos en la tierra de su Italia natal.
Decía que el rosario era su arma, y recomendaba a todos sus seguidores el rezo diario al Corazón de Maria, por quien se abre más rápido el camino a Jesucristo.
En la puerta de su celda se hallaba escrita una frase de San Bernardo: Maria es toda la razón de mi esperanza.
¿Cómo explicar su gran amor por la Madre de Dios? Sencillamente leyendo sus meditaciones escritas sobre Ella y transcribiendo de alguna manera sus tantas y amorosas palabras.
Pío definía a la Virgen María con belleza contundente:
- “Amor increado, Espíritu de Luz y Verdad ábreme el camino de mi pobre mente y hazme penetrar cuanto sea posible a una criatura en aquel abismo de gracia, de pureza y de santidad, para que siempre aumente mi amor por el Eterno, que concibió en su Mente Divina esta obra maestra, insuperable entre todas las maravillas creadas por El: La Inmaculada”
El Santo agradecía a Dios por la obra más perfecta que había creado en Ella. En sus reflexiones veía a María brillando como lucero sobre la humanidad, fijando la mirada para que nos guíe y conduzca hacia el sol divino, Jesús. Radiante con su esplendor, modelo para todos de pureza y santidad, Pío proclamaba también la superioridad de María en la Creación; todo sometido a Ella por la gracia de Dios, que preservada del pecado brilló en su concepción como rayo purísimo del mismo Dios.
Afirma y despliega en sus recomendaciones, como él alabarla por sus cualidades de pureza, concebida sin la culpa de origen, por la que la humanidad obtuvo la gracia por Ella. Nada es superior a Ella, dice Pío, es la Perfectísima, superior a los ángeles y Dios se complace en Ella porque es la que más se le parece, única digna de los divinos secretos.
María precede el Sol Divino, Jesús, y en el orden de la gracia, el Sol Jesús la precede a Ella., que recibe toda luz, toda belleza y toda pureza.
Frente a su luz se renueva la creación, gracias al Dios que llevó en su seno, como el rocío de la rosa. Pío la alaba constantemente, y dice: todo está sometido por este don singular, concebida inmaculada, que recibe la gracia divina y la da.
En María busca su consuelo y se considera colmado de miserias y pecados, suplicándole a su corazón de Madre que derrame sobre él al menos un poco de aquellas virtudes que recibió de Dios sin restricción, de manera plena y abundante.
Así, acompañado por Ella, él podrá servir y amar más a Dios, que ocupó su corazón e hizo de su cuerpo un templo.
Pío siente cómo Dios se alegra en Ella y trata de retener esa alegría en la intimidad del Rosario. Como Madre, sabe que María preserva eternamente a la generación del Hijo. Todos los días de su vida el padre Pío la elige por Madre y derrama en sus rezos diarios del rosario las intenciones de sus protegidos. De alguna manera Pío se refugia en María para servir a Dios y para saber amarlo de manera más perfecta, depositando en Ella absoluta confianza.
El capuchino inducía a través de las cuentas y los Avemarías a no perder el camino de la fe, ya que es Ella la que preserva al mundo de la tiranía y del enemigo infernal de las almas: la falta de fe, la confusión, las cargas, las culpas. María es ejemplo de piedad, que con mirada maternal levanta, purifica y ayuda a los pecadores.
El santo capuchino difundió el amor de Madre que ardía en él mismo, y al que admiró por su inefable misterio.
Pío deseó ardientemente que la humanidad hiciera lo mismo.