sábado, 14 de febrero de 2009


La Bilocación


En el convento de San Elías de Pennisi, Fray Pío experimentó por primera vez el fenómeno de la bilocación. La noche del 18 de enero de 1905, mientras se encontraba en el coro, recogido en profunda oración, se sintió trasladado a una casa señorial de la ciudad de Údine, donde estaba muriéndose un hombre y naciendo una niña.El caso curioso fue narrado por el mismo religioso que, por obediencia lo puso por escrito y, después de muchos años, por la joven que entonces había nacido."Hace días- escribe Fray Pío- me pasó algo insospechado: Mientras me encontraba en el coro con Fray Atanasio, eran como las 23 horas del 18 de este mes cuando me encontré en una casa señorial donde moría un papá mientras nacía una niña. Se me apareció entonces la Santísima Virgen que me dijo: ‘Te confío esta criatura, es una piedra preciosa en su estado bruto. Trabájala, límpiala, hazla lo más brillante posible, porque un día quiero usarla para adornarme…’ Le contesté a la Virgen: ‘¿Cómo podría ser posible, si yo soy todavía un estudiante y no sé si un día podré tener la suerte y la alegría de ser sacerdote? Y aunque llegue a ser sacerdote, ¿cómo podré ocuparme de esta niña, viviendo yo tan lejos de aquí?’ La Virgen me respondió: ‘No dudes. Será ella quien irá a buscarte, pero antes la encontrarás en la Basílica de San Pedro en Roma’. Después de esto… me encontré otra vez en el coro".Este escrito fue cuidadosamente guardado por el director espiritual del Padre Pío, el padre Agustín de San Marco en Lamis. La niña de la que se habla en el escrito se llama Giovanna Rizzani. Su Papá estaba inscrito en la Masonería. Durante su última enfermedad, su lujosa residencia fue rigurosamente vigilada día y noche por los masones, situada en la calle Tiberio de Ciani No. 33 de la ciudad italiana de Údine. Esto, para impedir el paso de cualquier sacerdote.Horas antes de morir, su esposa Leonilde- que era muy religiosa- estaba cerca del lecho del moribundo recogida en oración y lágrimas. De repente vio salir de la recámara y alejarse por el pasillo a un fraile capuchino. Se levantó enseguida, lo llamó y lo siguió mientras el fraile desaparecía.La señora estaba extremadamente angustiada pensando en su esposo que se moría sin los auxilios religiosos. En aquel momento, oyó gemir al perro que estaba amarrado en el jardín de la casa, como si el animal percibiera la muerte ya próxima del amo.
La señora, no aguantando el gemido del perro, fue a soltarlo. En esos momentos sintió los dolores del parto y allí mismo dio a luz a una niña. El administrador de la casa corrió para ayudarle. De lejos vieron la escena los dos masones que vigilaban la entrada y también el párroco que quería entrar a la casa para auxiliar al moribundo.El administrador, después de que ayudó a la señora a alcanzar la recámara, bajó indignado contra los masones que impedían el paso al sacerdote y les gritó: "Dejen entrar al padre. Ustedes pueden impedirle que asista al moribundo, pero no tienen derecho a impedirle que vaya a bautizar a la niña que acaba de nacer prematuramente".Fue así como se dejó pasar al sacerdote, que además de bautizar a la niña, administró los últimos sacramentos al moribundo arrepentido.A la muerte del señor Juan Bautista Rizzani, la joven viuda se trasladó a Roma con sus papás. Allí, la pequeña Giovanna creció educada cristianamente.


La curación del leproso
Domingo VI durante el año ciclo B

Nos encontramos este domingo con la curación de una enfermedad terrible para la época: la lepra. No se conocía su origen pero era directamente atribuida al pecado: el leproso era considerado un pecador.

Aun reconociendo que en el origen de toda enfermedad y de la muerte está el pecado, sin embargo sabemos que no todo el que comete un pecado concreto adquiere esta enfermedad.


La lepra deformaba de tal manera que aveces no quedaban rastros de belleza; además los excluia de la sociedad pues el libro del Levítico (primera lectura) les mandaba que vayan gritando "impuro, impuro" hasta tanto no consiguieran un certificado de sanidad emitido por los sacerdotes del templo. Un enfermedad, en fin, que los condenaba a una existencia penosa con la sola esperanza que apareciera algún profeta poderoso -el Mesías, anunciado por Isaías-, en cuya época los paralíticos caminarian, los ciego recobrarían la vista, los sordos comenzanzarían a oir, los leprosos serían curados...y se anunciaría un año de gracia...

Por eso llama la atención la escena de este domingo: el leproso, rompiendo las reglas, se acerca, le ruega, Jesús lo toca sin temor al contagio, lo cura y lo introduce nuevamente en la vida social mandandolo a presentarse a los Sacerdotes del Templo.

Todos estos elementos pintan claramente la realidad del pecado motivo por el cual en la historia de la Iglesia se ha comparado la lepra con el pecado por cuanto sus efectos son similares:
El pecado unde sus raices en el Paraíso bajo el influjo de un ser siniestro llamado demonio o satanás. No tiene un origen corporal que pueda ser descifrado con la ayuda de la ciencia médica: su origen es de orden espiritual.

Cuando se comete un pecado la persona con frecuencia no sabe muy bien por qué lo hace. Ya San Pablo decía: "Señor, Señor, por qué hago el mal que no quiero y no el bien que deseo?

El pecado hace sertir mal, sucios, deformes; provoca la impresión de que todo lo que toca queda manchado al punto de tener deseos de gritar: "impuro, impuro" como en el Levítico. Además, no tiene cura, pero es tal el malestar que produce que si no se enfrenta con Dios, llega a atribuir su mal a meros desajustes sicologicos, o a alguien que "me hizo mal", o "alguien que me tiene envidia", o "nadie me quiere"... Al final, cuando se intenta por todos los medios, el alma -desde lo profundo de su miseria-piensa en Dios, y dice: "Volveré y le diré: Padre he pecado; Señor, ten piedad de mi, sáname por tu misericordia". Y se siente en el interior: "Ve a presentarte a los Sacerdotes". Y Jesús, por el ministerio del Sacerdote, toca y cura reinsertándo al pecador en la comunión eclesial.

La recuperación comienza siempre con el reconocimiento de la propia culpa. Y sin este reconocimiento no será posible la sanación.
El Padre Pío muchas veces llegó a usar del rigor para mover al alma al humile reconocimiento de las culpas. Padre Pío, ruega por nosotros, ruega por mi.