jueves, 30 de julio de 2009

BILOCACIONES DEL PADRE PÍO


Bilocación significa la facultad de estar en dos lugares al mismo tiempo. San Antonio De Padua, por ejemplo, se encontró simultáneamente en Lisboa y en Padua. A San Alfonso María de Ligorio se le vio en los funerales de Clemente XIV cuando no había dejado la Parroquia de Santa Ágata de los Godos. En el caso del Padre Pío, se cuentan por cientos los testimonios de diversa índole, de los que aquí sólo relatamos algunos como ejemplo. Es conocido el caso de una muchacha que insistía en confesar el mismo pecado una y otra vez. El Padre Pío, luego de advertirle en repetidas ocasiones que Dios ya había perdonado esa falta, y que no debía confesarla más, y ante la desobediencia de la joven, le dijo claramente que si volvía a confesar el mismo pecado iba a recibir un cachetazo. La muchacha, conociendo el temperamento del Santo del Gargano, pero no pudiendo resistir la tentación, confesó su pecado a otro sacerdote en Roma. De inmediato, y ante su sorpresa, recibió un cachetazo en pleno rostro. Un día, el Ingeniero Todini, de Roma, se quedó hasta muy tarde en San Giovanni Rotondo. En el momento de partir, se dio cuenta de que llovía a torrentes. Pidió entonces al Padre Pío permiso para pasar la noche en el monasterio, pero este se negó. Padre, dijo entonces el Ingeniero, ¿cómo voy a hacer para volver al pueblo sin paraguas?. Me voy a mojar hasta los huesos!. Yo lo acompañaré, repuso el Padre. El señor Todini se despidió. Antes de abrir la puerta que da sobre la plaza, oyó la lluvia azotar la calle. Se subió el cuello del sobretodo, se encasquetó el sombrero para que el viento no se lo llevara, y salió. Una ráfaga violenta lo embistió, pero por sorpresa suya, solo le cayeron unas pocas gotas de lluvia. Qué fastidio, vendrá empapado!, le gritaron sus huéspedes no bien entró. Pero si apenas llueve!. Vamos!, cómo que apenas?. Si parece el diluvio universal!. Toldini entonces les mostró que traía la ropa completamente seca, quedando todos estupefactos. La "bilocación de la voz" es un fenómeno frecuente en él. Sus hijos espirituales, y hasta personas extrañas a él, le han oído a grandes distancias dar noticias o consejos, y hasta amonestaciones, especialmente en medio del sueño, y han oído esa voz suya en forma clara y comprensible, pero sin ver al Padre Pío. El 8 de mayo de 1926 una docena de fieles venidos de Bolonia esperaban al Padre en el vestíbulo del monasterio. Recordemos que en 1926 no existía la puerta que comunica directamente la sacristía con el monasterio, de modo que el Padre estaba obligado a pasar por la iglesia si quería ir a la sacristía donde él confiesa. Pasaron horas de vana espera. Luego se acercó al grupo un capuchino: "¿Buscan al Padre Pío?, hace ya rato que está confesando". ¿Cómo era posible, si ellos habían vigilado la entrada durante tres horas largas?. Hay que pensar que se había hecho invisible, y no era esa la primera vez. Se recuerda la aventura de un actor venido en auto desde Foggia con otros miembros de su compañía. Su actitud era insultante. A ver, ¿dónde está ese Padre Pío?, preguntó con un tono arrogante. Quiero que me convierta, quiero confesarme. Y dejando a sus compañeros a las carcajadas entró a la iglesia. Le dijeron que el Padre debía estar en la sacristía. Pero no se le encontró ni en ésta ni en su celda, ni en el locutorio ni en el jardín. Imposible hallarlo. A fin de cuentas, el hombre gruñó, cansado de esperar: está bien, me voy. Lástima!, me hubiera gustado ver si este fraile era capaz de convertirme. No bien partió el automóvil, los fieles se encontraron de frente con el sacerdote. Padre, ¿dónde estaba?, hemos registrado por todas partes. Yo estaba aquí, hijos míos, he pasado tres o cuatro veces delante de ustedes, pero no me vieron. Los fieles de San Giovanni comprendieron y se abstuvieron de hacer comentarios. En San Martino de Pensilis, los miembros de la Tercera Orden tenían costumbre de reunirse en casa de uno de ellos por turno. Una noche, la reunión tuvo lugar en el lugar del Comisario Trombetta. Su hijito Juan corrió de pronto a refugiarse en las faldas de su madre, diciendo: Mama, tengo miedo, el Padre Pío está allí!. ¿Dónde, dónde?, preguntó la madre. Allí, allí, respondió el niño, señalando a un punto. Ah! , ya se ha ido!. "La historia de Juanito" llegó a oídos de quien era su protagonista. Veamos Padre, ¿era realmente usted?. ¿Y quien querían que fuera?, contestó él con tono de fastidio. Siempre se muestra disgustado e intimidado cuando hace alusión a sus dotes sobrenaturales. Pero con la falta de tacto que caracteriza a los paisanos, los buenos vecinos de San Martino, vuelven a la carga. Padre, ¿entonces usted estaba "realmente" en nuestra reunión?. Y la respuesta fue: Cómo!, ¿lo dudan todavía?. La señora de Devoto, de Génova, estaba seriamente enferma y con la amenaza de que le amputaran una pierna. Una de sus hijas rezaba en un cuarto vecino, pidiendo que se evitara esa operación e invocando la ayuda del Padre Pío. De pronto éste apareció en el umbral de la puerta. El deseo de obtener una gracia para su madre obnubilaba a tal punto la mente de la joven, que ella ni se preguntó cómo podía estar el Padre en Génova estando en San Giovanni, a varios cientos de kilómetros, ni se le ocurrió dudar de lo real de su presencia. Arrojándose a sus pies, le suplicó: "Oh, Padre, salve a mamá!". El santo la miró y le dijo simplemente: "Espere nueve días". Ella iba a pedir una explicación, pero al levantar la vista de nuevo sólo vio la puerta cerrada. A la mañana siguiente pidió a los médicos que aplazaran la intervención quirúrgica, y ni las advertencias ni los consejos ni las súplicas de sus parientes, ni el mismo estado de la paciente que se agravaba por momentos lograron disuadirla. Al décimo día, cuando los cirujanos examinaron a la enferma, cuál no sería su estupefacción al comprobar que la herida de la pierna estaba completamente cicatrizada y la señora estaba en vías de restablecimiento. Unas semanas más tarde la familia toda se dirigió a San Giovanni para agradecer al Padre la merced que les había alcanzado. Pero nuestro hombre no quiere que se agradezca nada: "Id a la Iglesia a dar gracias a Dios y a la Virgen!", es su abrupta manera de rechazar todo agradecimiento. Telegramas, mensajes telefónicos, cartas de todas las especies, y numerosos testigos oculares atestiguan sus bilocaciones en Italia, Austria, Uruguay, Estados Unidos. Para la inauguración de su capilla privada, en la Vía Tritone 56, en Roma, la Condesa Virginia Sili había mandado muchas invitaciones, entre otras a su primo, el Cardenal Gasparri y al Cardenal Sili, su cuñado. La condesa y sus invitados estaban discutiendo el nombre que le darían al oratorio, cuando un novicio entró en la habitación trayendo un relicario que contenía un fragmento de la Cruz de Cristo. Anoche, explicó el joven, el Padre Pío se me apareció en carne y hueso y me ordenó que trajese a la condesa ésta reliquia por la mañana, antes de la consagración de la capilla. Días más tarde, la Condesa se presentó en San Giovanni Rotondo, y escuchó de labios del capuchino la confirmación de ese relato.Se sabe que San Martín de Porres fue visto en Manila, en África, en Francia y en otras cincos partes al mismo tiempo. Y la explicación que dio cuando se la pidieron, fue ésta: "Si Jesús multiplicó los panes y los peces, ¿acaso no podría multiplicarme también a mi?". La señora Concepción Bellarmini, de San Vito Luciano, sufrió de pronto un envenenamiento de sangre seguido de una bronconeumonía. La infección le provocó una ictericia terrible, y los médicos la desahuciaron. Una pariente le aconsejó que confiase su situación al Padre Pío, a quien ella no conocía. Así lo hizo, y de pronto se le apareció a plena luz un fraile estigmatizado que le sonrió y la bendijo sin tocarla. La enferma le preguntó entonces si su venida era señal de que había logrado la conversión de sus hijos o su próxima curación. El capuchino afirmó: "El domingo por la mañana usted estará curada" y luego se desvaneció dejando una estela de perfume. Ya al día siguiente la piel de la enferma fue tomando un color normal, cedía la fiebre y pocos días después la señora pudo levantarse. Acompañada de su hermano, fue a San Giovanni para verificar la identidad de "su" fraile. Cuando divisó al Padre Pío en la iglesia, se dirigió a su hermano y le dijo al oído: "Es él, no hay duda de que es él". El Sr. Arturo Bugarini, de Ancona, cuenta que estando junto a su hijo muy grave, golpeaban en la espalda tres veces mientras una voz le murmuraba: "Soy el Padre Pío, soy el Padre Pío, soy el Padre Pío". En el mismo momento lo invadió una ola de intenso calor, luego nada más. El niño se salvó.El 21 de julio de 1921, Monseñor d’Indico de Florencia, estando sólo un su escritorio, tuvo la sensación de que había alguien detrás de él. Se dio vuelta y vio desaparecer un religioso. Interrumpiendo su trabajo, fue en busca de un sacerdote y le contó lo que acababa de ocurrirle. Este le habló de alucinaciones: Monseñor estaba mortalmente angustiado por la salud de su hermana que estaba agonizando. Cuando la fue a visitar, ésta (que estaba casi en coma), había visto al mismo tiempo que su hermano, entrar un fraile a su cuarto, acercarse y decirle: Nada tema. Mañana su fiebre habrá desaparecido y dentro de pocos días ya no quedarán ni rastros de su enfermedad. Pero, Padre, ¿quién es usted entonces?, ¿un santo?. No, repuso el religioso, soy una criatura que sirve al Señor y soy dispersor de sus auxilios. Padre, permítame besar su hábito. Bese mas bien el signo de la Pasión, replicó mostrándole las manos. Y después de bendecirla, desapareció. Inmediatamente la enferma se sintió mejor, y ocho días después estaba sana. Durante el éxtasis, el Padre Pío se nos aparece como inhibido. Cuando vuelve en sí, diríamos que sale de un síncope. Su cuerpo no reacciona ante ninguna excitación externa, luz enceguecedora, luces de magnesio, etc. Por eso resulta tan fácil sacarle cuantas fotografías se quiera mientras está oficiando: un estruendo de platillos lo deja impasible. Se le creería sordomudo. Santa Teresa escribe: "En la cúspide del éxtasis no se ve ni se oye nada". Monseñor Damiani, Vicario General De la Diócesis de Salto en el Uruguay, mantenía este diálogo en 1930 con su amigo el Padre Pío: Me gustaría morir aquí para que usted me asistiera en mis últimos momentos. Le contestó el Padre Pío: No, usted morirá en Uruguay. ¿Y usted irá a ayudarme a morir bien?. Naturalmente. Durante ese mismo viaje, una mañana, Monseñor Damiani tuvo un ligero ataque cardíaco y al punto envió en busca de su amigo. Pero como estaba confesando, el capuchino no acudió al llamado. Cuando éste subió hacia mediodía, el prelado lo retó suavemente: Capuchino, ¿porqué no vino cuando lo mandé a llamar?, podía haber muerto. Hombre de poca fe, ¿no le dije que usted morirá en el Uruguay?. Y veamos ahora el fin de la historia, contada en 1942 por el R. P. Antonio M. Barbieri, Arzobispo de Montevideo: En 1942, en la víspera de las bodas de plata sacerdotales del Obispo de Salto, Monseñor Alfredo Viola, que reunía en el Obispado al Delegado Apostólico y a cinco prelados, fui despertado a medianoche por un golpe dado en la puerta de mi cuarto. Al entreabrirla, vi pasar un capuchino y oí una voz que me susurraba: "Vaya al cuarto de Monseñor Damiani, está muriéndose". Me puse la sotana, desperté a algunos sacerdotes y fuimos al cuarto de Monseñor. Sobre la mesa de noche había una hoja de papel con unas palabras escritas de puño y letra: "El Padre Pío ha venido" (el Arzobispo conserva este testimonio). Cuando fui a Italia y vi al Padre Pío, le pregunté: "Padre, ¿era usted el Capuchino que yo vi la noche en que murió Monseñor Damiani?. El Padre pareció confuso, cuando le hubiera sido tan fácil negarlo. Como no insistí él sigue guardando silencio. Yo me eché a reír diciendo: "Ya comprendo". Entonces movió la cabeza y dijo: "Si, usted ha comprendido". Un día, durante la guerra, el General Cardona, sólo en su despacho, la cabeza entre las manos, pensaba con espanto en todos los jóvenes que iban a dar su vida por su patria, cuando de pronto sintió un violento perfume de rosas que invadía toda la oficina. Levantando la cabeza, quedó estupefacto al ver ante sí a un monje de sonrisa amplia que pasó diciendo: "No tema, nadie le hará mal". Cuando la visión se desvaneció, también se disipó el perfume. El General confió ese episodio a un franciscano, y éste le dijo: "Excelencia, usted ha visto al Padre Pío", y le contó a grandes rasgos la biografía de este hombre extraordinario. Después de oírla, Cardona no tuvo más que un deseo, el de ir a San Giovanni. Fue vestido de civil para no ser reconocido, pero no bien penetró en el monasterio, dos Capuchinos se le acercaron: "Excelencia, el Padre Pío lo espera. Nos mandó para recibirlo". Ema Meneghetto, jovencita de catorce años, era epiléptica y sufría crisis varias veces por semana. Un día que oraba con fervor, se le apareció el Padre Pío, posó su mano sobre la colcha de la cama, le sonrió y desapareció. La epiléptica se sintió curada, se levantó para besar el lugar donde posara su mano el Padre Pío, y vio impresa una pequeña Cruz de sangre. Cortó el trocito de género y lo colocó bajo un farol de vidrio. La joven curada milagrosamente escribe que desde entonces ella ha obtenido numerosas gracias, especialmente la curación de bebitos a punto de morir.La Señora Ercilia Magurno, mujer de mucha fe, había velado durante meses junto al lecho de su marido, sumamente grave de angina de pecho. Cierta noche invadió la habitación un penetrante perfume a flores, pero el enfermo seguía empeorando por momentos. Con dos días de intervalo, la señora envió dos telegramas al Padre Pío para implorar su intercesión, pues su marido estaba ya en coma. El 27 de febrero, el enfermo pareció dormirse con sueño profundo y sereno. A la mañana siguiente, al despertar, dijo a su mujer: Estoy curado. Me siento perfectamente. El Padre Pío acaba de dejarme. Por favor, abre los postigos y tómame la temperatura. No tenía ya ni rastros de fiebre. El Padre Pío vino acompañado por otro fraile, explicó el hombre, me examinó el corazón y me dijo: "Mañana se le habrá ido la fiebre y dentro de cuatro días podrá levantarse". Luego miró los remedios que le daban, leyó las recetas y se quedó largo rato junto a mí. Como para confirmar este milagro, una fuerte fragancia de violetas flotaba todavía en la habitación. Cinco meses después, ambos esposos se dirigían a San Giovanni, y el ex-enfermo reconocía a su salvador. El Padre Pío se le acercó, le puso la mano en el hombro y con tono amistoso le dijo: "Como le ha hecho sufrir ese corazón!". Se cuenta que una joven inválida, curada providencialmente, quiso experimentar el don milagroso del Padre Pío y volvió a visitarle simulando su enfermedad pasada. Vuelve a tu casa, le dijo el sacerdote dándole un golpecito en la espalda, vete sin perder tiempo, pues ya sabes que estás perfectamente sana y no se debe tentar a la divina misericordia. Durante la segunda guerra mundial los norteamericanos instalaron una base aérea a algunos kilómetros de San Giovanni, cuando todavía había alemanes en la región. Llegó a la base la noticia de que allí había un depósito de municiones enemigas, y de inmediato se despachó un bombardeo con el pueblo del Gargano como objetivo. El piloto a cargo de la misión estaba preparándose para lanzar las bombas, cuando ve junto a su avión en pleno vuelo a un monje con hábito capuchino, que con ambas manos le decía: “NO”. El piloto, aterrado, soltó las bombas en el campo y volvió a su base. Cuando narró la historia al oficial a cargo de la base, un italiano del lugar que escuchaba le dijo que allí había un famoso cura milagrero. Juntos fueron a San Giovanni, y grande fue la sorpresa de todos cuando el piloto, viendo al Santo del Gargano, exclamó: es él!. Podríamos seguir por horas relatando historias de bilocación del Padre Pío, y los libros sobre su vida están llenos de ellas. Pero lo que cuenta aquí es el mensaje Celestial: Para Dios no hay nada imposible, nada. Nuestro pobre entendimiento juzga a las cosas de Dios con la débil perspectiva del hombre, y allí es donde nos alejamos de Dios, atándonos a las reglas y cosas del mundo, que es el reino de satán.

viernes, 3 de julio de 2009

La profunda humanidad


De Padre Pio de Pietrelcina quedan imprimidas, en la mente y en el corazón, las imágenes atadas a los estigmas, su oblación a Dios, las gracias y los milagros obrados por su intercesión, el ministerio sacerdotal sublimado sobre el altar y en el confesionario, el amor para Jesús crucificado y para la Virgen Maria.

Sin embargo, aparte estos aspectos que pertenecen a la dimensión de fe del fraile estigmatizado, hay algunos elementos intensamente humanos que desmienten aquella imagen severa, pero no verdadera, que lo acompaña. Tras la cáscara dura del fraile huraño, Padre Pio esconde una ternura extraordinaria que revela en muchos momentos de intimidad familiar y de vida religiosa. Son los momentos más escondidos de su vida, de sus relaciones con los amigos, a testimoniarnos un fraile dotado de grande dulzura y sensibilidad de ánimo.
Padre Benedetto de S. Elia, que ha estado cerca de Él y será el directo testigo de su fallecimiento de este mundo, dice que Padre Pio tiene un corazón de oro y muchas veces se comporta, en su sencillez y en la manifestación de sus cariños como un un eterno niño, exultante a las sorpresas que se proporcionan, de la toma de tabaco a la oferta de una chocolatina.
Un hombre que aprecia plenamente la alegría de la amistad y que siempre se muestra sensible a cada mínima cortesía, correspondiendo en ruegos y gracias. Un fuerte sentido de humanidad y bondad que se derrama hacia todo, empezando con sus parientes, hijos espirituales, cofrades, para acabar con todas las almas que encuentra a lo largo de su vida. . He aquí como manifiesta su gratitud en una carta les mandada a los padres:
"Una voz parece que me hablas al corazón con el hacerme oír toda la gratitud y la plenitud de las obligaciones que tengo hacia vosotros, que fuerais y siempre sois las personas por mí más queridas".
A menudo he hablado del gran cariño de Padre Pio hacia su madre Peppa (Giuseppa Di Nunzio, n.d.a.). Me gusta aquí reconducir un hermoso diálogo ocurrido el 5 diciembre del 1928 sobre la plazoleta del convento de S. Giovanni Rotondo. Mamá Peppa encuentra al hijo y le toma una de las manos llagadas. Luego, mientras la besa le dice: "Padre Pio, te beso la mano de parte de tía Libera, de tía Pellegrina, tía Filomena...... y tanto otras tías y parientes.
Luego, mirándolo tiernamente, exclama: Y ahora la beso por "mí". Pero a estas palabras el hijo, retirando enseguida las manos, contesta: "¡Esto nunca! El hijo tiene que besar la mano a la mamá y no la mamá al hijo"
La expresión del rostro y sobre todo de aquella su mirada profunda, pero mientras tanto infantil, cándido como aquel de un niño sin malicia, le revelan en Padre Pio "un que de así simple, de así bueno, a veces de así infantil, que inspira simpatía y despierta la impresión de una gran sinceridad.....
Su humildad y modestia... caracterizan su espíritu.... Su humilde devoción que siempre demuestra hacia sus superiores, el amor fraterno que lo une a todos los que lo circundan, la austera severidad con el que, a pesar de la habitual dulzura de los rasgos, cumple a su ministerio, serían de por si elementos suficientes a expresar el valor y el equilibrio de su psique".
Padre Pio a menudo es alegre, sonriente, casi burlón. Carlo Campanini, el célebre actor de muchas películas y espectáculos de revista, le pregunta, un día, como pueda ser su hijo espiritual si luego, la tarde, es obligado a hacer el bufón sobre el escenario teatral. Entre lo serio y el facelto el Padre le contesta:
"Hijo myo, en este mundo cada uno de nosotros hace el bufón mejor que puede en el sitio en el que el Dios lo ha puesto.
Un Padre Pio alegre, simpático, burlón, parece así diferente de lo que muchas veces aparecen entre las muchedumbres de los fieles. Es una actitud diferente para tratar de tener a cuida la devoción de los fieles que, muchas veces, roza el fanatismo. Es el mismo Padre Pio a confiarlo a su superior padre Carmelo de Sassano:
"..... se tiran encima como hienas: me aprietan la mano como en una mordaza, me tiran los brazos, me comprimen de cada parte para llegar a tocarme... y yo me veo perdido, y tengo que hacer lo duro. Me siente mucho, pero si no hago así me matan".
A un seminarista de Varazze que se disculpa para lo haber hecho enfadarse, Padre Pio con toda dulzura contesta:
"No, hijo myo. Las palabras tienen que ser externamente así a veces, nos mata de otro modo; interiormente pero nunca va fuera la serenidad, ¡Y supiera cuánto quiero a todo!".
Entre las muchas conversiones ocurridas sobre el Gargano, en los años siguientes a la posguerra, aquel de Italia Betti tiene un particular sentido de credibilidad. La señora Betti, profesora de matemáticas en el bachillerato Galvani de Bolonia, el 14 diciembre del 1949 sale de viaje hacia S. Giovanni Rotondo. Ella es muy conocida en los entornos políticos boloñeses, por sus ideas comunistas y por su empeño de secretaria provincial de la unión Mujeres italianas, además de ser propagandista convencido y entusiasta, de las ideas marxista-leninista, en la Región roja de la Emilia Romaña. Una incansable partidaria del Comunismo, por lo tanto. Parece extraño, entonces, que una mujer fuertemente arraigada en tales ideologías, se meta de repente en viaje por S.Giovanni Rotondo: lugar de ruego y conversión, de espiritualidad y de "Grandes vueltas" en los brazos del Padre Misericordioso. Si no que, a aquel viaje, Italia Betti es empujada por el mismo Padre Pio que le aparece en sueño. Llega sobre el Gargano, mientras se encuentra en la iglesia de S.Maria de las Gracias, Betti que está muy enferma, se desmaya mientras Padre Pio está celebrando la Santa Misa.
Después de una noche pasada sin poder dormir, la mañana se presenta de nuevo en la iglesia del convento capuchino y se dirige enseguida hacia el confesionario de Padre Pio. Luego públicamente declara de abjurar a aquellas mismases ideas comunistas por las que algún día antes habría dado hasta su misma vida. Una transformación radical ocurre en su corazón de racional profesora de matemáticas que del ateísmo marxista-leninista se convierte, delante de Padre Pio, a la fe en el Nazareno Crucifijo.
A la sombra de Padre Pio Italia Betti empieza su itinerario de Rescatada. En primer lugar le escribe al rector, a los colegas docentes y a algunos sus alumnos del bachillerato Galvani, por fin abriendo su alma: "Yo he conquistado la paz. Rogáis por mí". Estas sus palabras expresan un nuevo camino de conquista y renuncia.
Conquista de una experiencia de Cristo que no ha podido hacer nunca, pero cuando Él te toma, te envuelve en la conciencia de un Amor sin límites, de que este simple y humilde fraile estigmatizado es la imagen más palpable y viviente.
Renuncia que quiere decir dejar a los hombros todas las conquistas, el prestigio acumulado en estos años de enseñanza en matemáticas en un prestigioso bachillerato boloñés y fama de célebre comunista, para emprender el itinerario cristiano: "Quién quiere venir detrás de mí, le reniegas mismo, tome su cruz y me siga."
Muchos ex compañeros de partido intentan todo lo posible para hacer volver Italia Betti sobre los mismos pasos. Pero no alcanzan el objetivo. Betti ya no quiere abandonar S.Giovanni Rotondo. Allí quiere vivir a la sombra del sacerdote que la ha reconducido a Dios. Y a S.Giovanni Rotondo morirá de tumor el 26 octubre del año siguiente. Ahora yace en el pequeño cementerio con el vestido de terciaria Franciscana.
Los sufrimientos y las alegrías se alternan de modo significativo en la vida de Padre Pio, hasta devolverla un "Rosal" viviente en el de que la miríada de espinas hace de corola a las muchas flores gracias que el Dios prodiga a través de este su pequeño "instrumento" de misericordia y amor.
El 6 junio del 1954 Padre Pio celebra su primera Misa a lo abierto, sobre la plaza enfrente la Iglesia. Grande el concurso de fieles y romeros que le acuden a S.Giovanni Rotondo.
Tres años después Padre Pio sigue siendo instrumento de gracias por el que Dios manifiesta su Potencia. No está solo sobre el Gargano que ocurren milagros y curaciones prodigiosas. También a distancia de millares de kilómetros, lejos del clima de férvida devoción que le se respira a S.Giovanni Rotondo, ocurren hechos extraordinarios, como aquel raccontatato de padre Onfroy sobre la revista Notre-damas des Temps nouveaux, marzo-abril de 1958.
UN EXTRAORDINARIO EPISODIO DE BILOCACIÓN ES CURACIÓN EN TIERRA FRANCESE
El hecho se desarrolla en Alençon el 29 de enero de 1957, y concierne la familia Batonnier. El hijo, Daniel Batonnier, golpeado por meningitis cerebroespinal aguda, está en punto de muerte. Hospitalizado en hospital, se debate y delira contra los tormentos de una agonía cada vez más cercana.
El médico del hospital exhorta la madre a hacerse ánimo porque por la ciencia médica no hay nada que hacer y al niño sólo queda un día de vida. La madre, al colmo del dolor, confía sus penas a algunas personas vecinas. Una de estas amigas le dice: "Señora, si le gusta, mandaremos por su parte un telegrama a un santo sacerdote capuchino italiano, preguntándole de rogar y de bendecir a un niño que está muriendo".
El telegrama es padecido enviado a las 13,30 por la oficina de correos de Alençon. Destino: Padre Pio de Pietrelcina, S.Giovanni Rotondo. A las horas 15, la Señora Batonnier está cerca del hijo en hospital. Daniele tiene 41 de fiebre y está en poder de terribles convulsiones. La monja de servicio trata de exhortar a la madre a ir, para evitarle la pena de asistir a la muerte del niño. Pero al instinto materno no se puede mandar. La mujer queda junto al figlio. A las 16 la fiebre baja a 37. El niño por fin vuelve normal. Es salvo. El mensaje ha llegado al destinatario y el ruego de Padre Pio lo ha curado. A este punto la mamá vuelve a casa. El día siguiente mañana vuelve a hospital y ve a Daniele completamente curado. Al que el médico exclama se asombrado: "No logramos entender nada, su hijo no sólo es salvo, pero completamente curado! ".
En presa a una alegría indecible, la mamá vuelve a casa, dónde encuentra a las amigas que mandaron el telegrama a Padre Pio, comunicando a ellas que Daniel ya es curado. Entonces las amigas le regalan un libro le dedicado a Padre Pio. Sobre la cubierta hay una gran foto del fraile estigmatizado. Volviendo del brazo a hospital con el libro, la mamá de Daniele se acerca al hijo. Daniele mira el libro y enseguida dice: "Ay!, mamá. ¡Yo lo conozco aquel sacerdote! Ya ha venido a encontrarme dos veces de mañana. E incluso canturreó, para no darme miedo.... Luego ha ido fuera.
Y la mamá: "Es imposible, hijo myo, que un sacerdote que está a muchos kilómetros de distancia haya venido a encontrarte". Evidentemente, la Señora Batonnier no supo que Padre Pio ha recibido de Dios el carisma de la bilocación y que para curar este niño, a él confiado, recorrió en bilocación unos dos mil kilómetros. Un milagro que cambia toda la vida de la familia Batonnier. Los dos padres del pequeño Daniel, que no se fueron casados, por fin deciden meterse en regla delante de Dios. Mientras tanto Daniel le susurra de vez en cuando a la mamá: "Sabes mamá, de grande quiero ser sacerdote... ".
Mientras tanto el 4 de abril 1957 Padre Pio es nombrado por Pio XII director a vida de la hermandad del Terz'ordine Franciscano "S.Maria" de las Gracias y le es otorgado el privilegio de conducir personalmente la Casa Alivio del Sufrimiento. Pero ya se delinean, al horizonte, nuevas y más poderosas nubes, sobre el cielo del fraile de Pietrelcina. A adelantarle, casi como la experiencia alegre del Tabor antes del Calvario, la Visita de la Virgen de Fatima a S.Giovanni Rotondo.