sábado, 7 de febrero de 2009


EL EVANGELIO DEL DOMINGO
(IV DURANTE EL AÑO CICLO B)

Jesús salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos. Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él. Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: «Todos te andan buscando.» El les respondió: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido.»


El evangelio de este domingo nos muestra a través de una serie de curaciones cuán bueno es el Señor para acudir al pedido de los apóstoles en favor de la suegra de Pedro y de otros enfermos a quienes curó inmediatamente.
La fiebre es una imagen de las pasiones y los vicios que -según dice San Beda- " se mitigan siempre con los ruegos de los fieles". Tomemos este evangelio como una invitación a rezar por los que necesitan con esa caridad exquisita que consiste en buscar buscar el bien del otro olvidándose de si mismo ya que el Señor accede a las súplicas cuando el pedido no tiene dobles intenciones; en cambio, si la intención no es pura, retrasa su gracia hasta purificar el corazón del que pide. Por ejemplo: se puede pedir la curación de un ser querido por dos motivos: para librarlo de su dolor o por el contrario para librarse uno mismo del dolor que provoca el verlo sufrir. La primera es una intención pura, de caridad exquisita, la segunda no.


Cuando el padre Pío era pequeño, vio una escena conmovedora: una madre con su hijo moribundo en brazos, le pedía a San Pellegrino que lo curara y como no había respuesta, le dijo: "No quieres? Entonces te lo entrego" Y lo dejó a sus pies. El padre Pío viendo el amor puro de esa madre, miró primero el crucifijo y luego al Santo y el niño inmediatamente recobró la salud. La madre estaba pidiendo la vida de su hijo, no que le evite el dolor de verlo morir.


El Padre Pío -pudiendo- no pidió la curación de su padre "le prometí al Señor-dijo- no pedir nada para mi". El mayor bien era el de preparar a su padre a bien morir y -aunque le costó lágrimas-, prefirió no pedir la salud del cuerpo sino la del alma . Confesó a su padre y éste murió santamente.


Cuenta la historia de San Agustín que su madre Santa Mónica-angustiada porque su hijo aún no se había bautizado y temía que muriera en el paganismo- recurrió llorando a San Ambrosio, Obispo de Milán pidiéndole por su hijo. Éste le dijo: "vaya tranquila: no se puede perder un hijo de tantas lágrimas". Y así fue. Lloraba por el bien que su hijo iba a perder si no se bautizaba. No pedía esa gracia para quedar tranquila. Iba derecho hacia el mayor bien.


También el Evangelio cuenta que una madre se acercó a Jesús y le dijo:"Ten piedad de mi, mi hija está atormentada por un demonio". Pedía por su hija y quería que Jesús viera el sufrimiento de su hija reflejado en su rostro.


Un niño pedía a Jesús por la salud de su hermanito menor: "Si no lo curas, le aviso a Tu Mamá". Seguramente Jesús se vio entre la espada y la pared frente a esta dulce amenaza.


Muchas madre están sufriendo por sus hijos que han caído en las manos de la droga y reclaman ayuda. ¡Cuánta fuerza en el reclamo! ¡Cuánta impotencia al no saber de quien depende que no exista más! La droga es un demonio con muchos secuaces y éstos no hablan, no escuchan, no conceden respiro, no tienen corazón, no se compadecen, solo atormentan y destruyen. Los demonios de la droga sólo se expulsan con la fuerza de la Palabra de Jesús.
Ante ellos sólo la fuerza de Jesús: "cállate y sal de ese hombre".
Será necesario ir con esa misma fuerza hacia Jesús que no permitirá que se pierdan los hijos de tantas lágrimas.


Cuando se pide el bien del otro con intención y corazón puro, Jesús no hace esperar.

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