sábado, 14 de febrero de 2009



La curación del leproso
Domingo VI durante el año ciclo B

Nos encontramos este domingo con la curación de una enfermedad terrible para la época: la lepra. No se conocía su origen pero era directamente atribuida al pecado: el leproso era considerado un pecador.

Aun reconociendo que en el origen de toda enfermedad y de la muerte está el pecado, sin embargo sabemos que no todo el que comete un pecado concreto adquiere esta enfermedad.


La lepra deformaba de tal manera que aveces no quedaban rastros de belleza; además los excluia de la sociedad pues el libro del Levítico (primera lectura) les mandaba que vayan gritando "impuro, impuro" hasta tanto no consiguieran un certificado de sanidad emitido por los sacerdotes del templo. Un enfermedad, en fin, que los condenaba a una existencia penosa con la sola esperanza que apareciera algún profeta poderoso -el Mesías, anunciado por Isaías-, en cuya época los paralíticos caminarian, los ciego recobrarían la vista, los sordos comenzanzarían a oir, los leprosos serían curados...y se anunciaría un año de gracia...

Por eso llama la atención la escena de este domingo: el leproso, rompiendo las reglas, se acerca, le ruega, Jesús lo toca sin temor al contagio, lo cura y lo introduce nuevamente en la vida social mandandolo a presentarse a los Sacerdotes del Templo.

Todos estos elementos pintan claramente la realidad del pecado motivo por el cual en la historia de la Iglesia se ha comparado la lepra con el pecado por cuanto sus efectos son similares:
El pecado unde sus raices en el Paraíso bajo el influjo de un ser siniestro llamado demonio o satanás. No tiene un origen corporal que pueda ser descifrado con la ayuda de la ciencia médica: su origen es de orden espiritual.

Cuando se comete un pecado la persona con frecuencia no sabe muy bien por qué lo hace. Ya San Pablo decía: "Señor, Señor, por qué hago el mal que no quiero y no el bien que deseo?

El pecado hace sertir mal, sucios, deformes; provoca la impresión de que todo lo que toca queda manchado al punto de tener deseos de gritar: "impuro, impuro" como en el Levítico. Además, no tiene cura, pero es tal el malestar que produce que si no se enfrenta con Dios, llega a atribuir su mal a meros desajustes sicologicos, o a alguien que "me hizo mal", o "alguien que me tiene envidia", o "nadie me quiere"... Al final, cuando se intenta por todos los medios, el alma -desde lo profundo de su miseria-piensa en Dios, y dice: "Volveré y le diré: Padre he pecado; Señor, ten piedad de mi, sáname por tu misericordia". Y se siente en el interior: "Ve a presentarte a los Sacerdotes". Y Jesús, por el ministerio del Sacerdote, toca y cura reinsertándo al pecador en la comunión eclesial.

La recuperación comienza siempre con el reconocimiento de la propia culpa. Y sin este reconocimiento no será posible la sanación.
El Padre Pío muchas veces llegó a usar del rigor para mover al alma al humile reconocimiento de las culpas. Padre Pío, ruega por nosotros, ruega por mi.

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